Más Allá del Viaje del Héroe

Ken Snyder
Director de Generate

Un Héroe Que Reconocemos

Una belleza legendaria. Un caballo de madera. Una victoria duramente conquistada. Un viaje de diez años de regreso a casa.

La Odisea de Homero, compuesta aproximadamente en la época del profeta Isaías, ha regresado a nuestra imaginación cultural a través de la nueva película de Christopher Nolan. La permanencia de esta historia no es sorprendente. Su estructura nos resulta familiar: partida, prueba, supervivencia, transformación y regreso.

Conocemos esta historia. Reconocemos a este héroe.

Joseph Campbell argumentó en El héroe de las mil caras que este patrón aparece en culturas y épocas muy distintas. Lo llamó el monomito, conocido hoy comúnmente como El Viaje del Héroe: un héroe abandona el mundo familiar, enfrenta pruebas, es transformado por ellas y regresa trayendo algo de valor.

Nuestras historias modernas siguen recorriendo ese mismo camino. Lo vemos en El Señor de los Anillos, Los Juegos del Hambre y Star Wars. De hecho, George Lucas se inspiró en la obra de Campbell para dar a Star Wars la sensación de un antiguo mito contado para el mundo moderno. Campbell le proporcionó el patrón fundamental; Lucas lo llevó a una galaxia muy, muy lejana.

Campbell creía que este patrón era lo suficientemente amplio como para abarcar incluso la historia de Jesús. Pero ¿dónde termina esa semejanza? ¿Y qué es lo que Jesús crea que va más allá de la transformación de un solo héroe?

Cuando un Héroe No Es Suficiente

Para comenzar a responder esa pregunta, otra película emblemática revela un límite del viaje del héroe individual: hay misiones que simplemente son demasiado grandes para una sola persona.

El clásico de Akira Kurosawa de 1954, Los Siete Samuráis, ayudó a transformar la imaginación cinematográfica, pasando del héroe solitario a un grupo unido alrededor de una misión más grande que cualquiera de sus integrantes. Se convirtió en el modelo para generaciones de historias de "reunir al equipo".

La historia es sencilla. En el Japón del siglo XVI, una aldea de agricultores que enfrenta un nuevo ataque de bandidos recluta a siete samuráis sin amo, dispuestos a luchar a cambio de alimento. Kambei reúne al grupo y, juntos, fortifican la aldea, entrenan a los campesinos y se preparan para la batalla. Lo que comienza como un rescate termina convirtiéndose en una responsabilidad compartida, donde cada persona encuentra y cumple su papel.

Los Siete Samuráis honra el valor y la habilidad, pero también pregunta para qué sirven esos dones. Los pocos que poseen grandes capacidades ponen su fortaleza al servicio del pueblo, para que toda una comunidad pueda mantenerse firme.

Kurosawa amplía la historia de un solo héroe a muchos participantes. Jesús hace algo aún mayor: invierte el movimiento principal del viaje del héroe.

Nuestra imaginación heroica normalmente apunta hacia arriba: del anonimato al reconocimiento, de la prueba al triunfo, de la incertidumbre a una identidad demostrada.

En Filipenses 2, Jesús desciende. Seguro de quién es, toma forma de siervo y se entrega por los demás.

El contraste no es absoluto. Los héroes de los mitos también pueden servir, sacrificarse y actuar por el bien de otros. Sin embargo, la mayoría de las historias heroicas siguen a un individuo que abandona el mundo común para descubrir, demostrar o convertirse en alguien extraordinario.

El héroe parte para descubrir o demostrar quién es. Jesús actúa desde una identidad que ya está plenamente afirmada.

El héroe asciende hacia la gloria. Jesús desciende de la gloria y entrega Su vida por nosotros.

El héroe regresa trayendo un regalo. Jesús resucita de entre los muertos y derrama Su Espíritu.

El Viaje del Héroe gira en torno a la transformación de un individuo. Jesús, mediante Su muerte y resurrección, forma en Sí mismo una nueva humanidad.

El Héroe Forma un Pueblo

El Cristo resucitado no reúne a su alrededor a héroes independientes, cada uno aprendiendo a formar su propio grupo de seguidores. Él forma un pueblo que comparte Su vida y pertenece unos a otros.

En Pentecostés, personas provenientes de todo el mundo conocido escuchan el evangelio en su propio idioma. Quienes responden perseveran en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan, en la oración, en la generosidad y en la vida compartida (Hechos 2:42–47).

En Cristo, los antiguos muros de separación son derribados; antiguos enemigos son reconciliados, los extraños llegan a ser familia y todo el cuerpo crece a medida que cada miembro aporta lo que Dios le ha dado (Efesios 2:13–22; 4:1–16). Por medio del Espíritu Santo, un nuevo pueblo comienza a tomar forma.

Jesús comparte con Su pueblo mucho más que un mensaje. Por medio del Espíritu, comparte Su propia vida, distribuye dones espirituales, confía responsabilidades y envía a Su pueblo a participar en Su misión.

Los Evangelios centran nuestra atención en los Doce. El libro de Hechos comienza con unos ciento veinte discípulos reunidos. En Pentecostés se añaden alrededor de tres mil personas.

El Espíritu Santo es derramado sobre todos, no reservado para unos pocos especialmente dotados.

La Iglesia es una comunidad en crecimiento llamada a participar en la misión de Jesús, no un público reunido alrededor de líderes extraordinarios.

Esto es mucho más que la historia del nacimiento de la Iglesia. Es el modelo para toda su vida.

El Cristo resucitado permanece en el centro, mientras Su Espíritu distribuye dones y lleva adelante Su misión por medio de todo el cuerpo.

Los pastores y líderes ministeriales participan en la obra del Cristo resucitado cuando equipan, capacitan y envían a las personas, de modo que los creyentes comunes lleguen a ser participantes plenos de Su vida y de Su misión.

Cada uno de nosotros ha sido formado por una cultura que pone a los líderes en plataformas y exalta marcas y personalidades. La cultura de la iglesia puede hacer lo mismo.

Sin embargo, muchos pastores y líderes ministeriales en nuestras iglesias ya están entregando su vida para desarrollar a otros, compartir responsabilidades y abrir espacio para que más personas sirvan.

Entonces vale la pena preguntarnos:

¿Dónde está tomando forma la vida y la misión de Jesús en todo el cuerpo de Cristo?

¿Quién está creciendo porque alguien confió en él, lo equipó y lo animó?

¿Y dónde podría el Espíritu Santo estar invitándonos a ampliar todavía más la participación?

El Espíritu Santo ha confiado dones a cada miembro del cuerpo de Cristo.

Las personas entre las cuales servimos no son personajes secundarios en nuestro ministerio; han sido llamadas a ser participantes plenos en la misión de Jesús.

Nuestra oportunidad consiste en crear el espacio para que esos dones florezcan.

El Camino Que Tenemos por Delante

El viaje de un héroe tiene un solo centro, y toda la historia gira alrededor de esa persona.

Quizá por eso la atracción hacia el centro resulta tan fuerte y, al mismo tiempo, tan difícil de reconocer. Hemos sido moldeados por historias que nos enseñan a esperar que toda la atención recaiga sobre una sola persona.

El evangelio también tiene un centro, pero ese centro no somos nosotros, y nunca lo ha sido.

El Cristo resucitado permanece en el centro, y Su pueblo comparte Su vida y lleva Su misión a lugares donde ninguno de nosotros podría llegar por sí solo.

El camino que tenemos por delante nos invita a seguir ampliando la participación: a soltar aquello que creemos que solamente nosotros podemos hacer, abrir espacio para que otros lideren, fortalecer la obra que ya está en marcha y compartir responsabilidades significativas.

Esto requiere confiar en que el Espíritu Santo está obrando en todo el cuerpo de Cristo.

Por eso, vuelva a mirar a las personas entre las cuales sirve.

Pregúntese no solamente qué pueden aportar al trabajo que tiene por delante, sino también qué estará formando el Espíritu Santo en ellas que el resto de nosotros necesita.

Entonces, hágales espacio.

Jesús permanece en el centro. Juntos, Su pueblo lleva Su vida y Su misión al mundo.

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