El Evangelio de Oz
Rev. Andrew Petro
Director Regional de las Grandes Llanuras
“Pero cuando se manifestó la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia” (Tito 3:4-5a).
Para algunos, el primer avistamiento de un petirrojo ofrece la señal inconfundible de la llegada de la primavera. Para otros, es el primer lanzamiento del Día Inaugural del béisbol. Cuando yo era niño—al menos en nuestra casa—la señal inequívoca de la primavera era la transmisión de El Mago de Oz.
La película relata las aventuras de Dorothy, el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el León Cobarde. Estos improbables compañeros emprenden un viaje épico hacia la Ciudad Esmeralda, donde cada uno espera obtener aquello que más necesita en la vida. La Ciudad Esmeralda era el hogar del “Gran y Poderoso Oz”, un mago de cierta fama. Los viajeros anhelan recibir el deseo de sus corazones, que el Mago, supuestamente, tenía el poder de conceder. El Espantapájaros anhelaba un cerebro; el Hombre de Hojalata, un corazón; el León Cobarde, valor; y Dorothy, un hogar.
Nos identificamos fácilmente con estos amigos. Nosotros también somos peregrinos en camino hacia una Ciudad gloriosa, donde nuestros anhelos, igualmente, serán satisfechos. Cada uno de nosotros llega necesitado, cada cual con su propia y profunda carencia. Venimos sin ningún derecho a favor alguno—simples extraños suplicando ayuda.
Aunque Dorothy y sus amigos no lo saben, el Mago no es lo que parece. Es un charlatán, un farsante, un impostor, que hace promesas que no tiene poder para cumplir. Como tantos otros en viajes similares, estos compañeros han sido engañados por una falsa esperanza.
¿Recuerdan cómo sigue la historia? Dorothy y sus compañeros se vuelven completamente dependientes de la generosidad del Mago. Sin embargo, él se niega a darles lo que tan desesperadamente necesitan. En cambio, les exige que trabajen por ello. Primero deben traerle la escoba de la Bruja Mala del Oeste. Sí, él los ayudaría; pero primero debían merecer su favor. Él los ayudaría; pero primero debían ayudarse a sí mismos. Esto, podríamos decir, es el Evangelio de Oz.
Para que no pensemos que esta “doctrina” existe solo más allá del arcoíris, debemos considerar las falsas religiones que proliferan bajo el sol. Casi invariablemente, las falsas religiones tienen como condición previa de salvación algún sistema de mérito. En la mayoría de los casos, requieren la realización de un número suficiente de buenas obras. En otros, exigen alcanzar algún tipo de sabiduría arcana. En todos los casos, sin embargo, quienes necesitan la bendición divina deben, de una manera u otra, ganársela por sí mismos.
Eso, amigos míos, no es el Evangelio de Cristo. Venimos a la presencia de Dios tan desprovistos como Dorothy y sus compañeros, y tan dependientes de la buena voluntad del gobernante de la “ciudad con fundamentos” (Heb. 11:10), como ellos lo estaban del Oz de la Ciudad Esmeralda. Pero Dios nos recibe, y nos concede el deseo de nuestro corazón, sin exigir que cumplamos una sola condición previa. No nos obliga a demostrar que somos dignos de su ayuda. La gracia es el favor de Dios derramado sobre quienes no lo merecen. Esa es la maravilla y la belleza distintiva de la gracia.
Lo que llevamos a la presencia de Dios es simplemente una necesidad absoluta. Sin la gracia, somos demasiado insensatos para comprender la verdad de nuestra condición, demasiado insensibles para percibir la ruina causada por nuestro pecado, demasiado temerosos para confiar en que alguien más nos salve, y demasiado perdidos para tener alguna esperanza de encontrar por nosotros mismos el camino a casa. Si el Gran y Poderoso Dios no nos ayuda, somos incapaces de ayudarnos a nosotros mismos.
Pero Dios, en su gran misericordia, promete salvarnos, no por lo que nosotros hemos hecho, sino por lo que Jesús ha hecho en nuestro favor. Ese es un evangelio mucho mejor que el Evangelio de Oz.

